Cuatro paredes. Un mundo oscuro y solo. Una puerta siempre cerrada y un hueco pequeño que se empeñaban en llamar ventana. Una cama de hierros, una coqueta con un espejo y una butaca. Nada más. ¡Ah!… y ella. Ella también. Otro mueble de aquella cueva negra. Pero ella no importaba.
¡Georgina!
Tirada en la cama, sin moverse, casi sin respirar, parecía una estatua inmensa. Rostro blanco de suavidad de algodón. Sin colores que la alegrasen se veía más pálida aún. La bata transparente le marcaba más la delgadez y mostraba su cuerpo enjuto y sis carnes blandas y flácidas.
Dio media vuelta y se puso en pie. Caminó hasta el hueco y miró hacia afuera. La calle estaba sucia y llena de amarguras. Pensó. Siempre lo mismo, un día tras otro …… lunes, martes, miércoles, jueves …… qué más daba. Era igual. Un constante esperar …… un doloroso ver pasar la noche y el día, siempre de color gris, pedazos de ceniza, jirones de alma rota.
Vino hasta la coqueta. El espejo. Se miró largamente. Los brazos largos caídos en derrota. El cabello escurrido feamente sobre el cuello, los ojos grandes, muertos, llenos de sombra.
—Georgina, ¿cómo estás? Cada día más muerta.
El diálogo con el espejo… con el dolor, surgió como otras veces. Huyendo de la conversación corrió al hueco. Se agitó. La tos le vino seca y continua… se ahogaba, le faltaba aire. Se recostó del marco. Tosió y un pedazo de sangre le rompió la garganta. Se iba a retirar cuando le vio venir. Se agarró fuertemente a la cortina para no caer.
En la calle él. Alto, fuerte, con nieve en el pelo, roble, ¡hombre! El paso seguro del que ha andado mucho y el mismo cansancio y la misma costumbre y la misma rutina le hacen nacer cada día, ser nueva flor, planta verde.
Se detuvo y alzó la vista. Esperó la respuesta, una de las habituales: un leve movimiento de cortinas, una pequeña tos, nada más. Con esto se conformaban, con esto se querían. Entre ellos el silencio era conversación. Las miradas se entrecruzaban llenas de palabras calladas. El hombre debía ahogar la palabra. Hacerla morir en la garganta y que al llegar a la boca sólo quedase en sonrisa.
Allí estaba él. En la espera, en la agonía. Aquel eterno ir, aquel eterno esperar. Volvió a mirar por milésima vez.
En la habitación Georgina se agitaba. No haría señal alguna. Le dejaría marchar. Le amaba tanto que le dejaría ir. El amor de lejos crece. En la ausencia surge imponente la presencia. La soledad es mentira. Cuatro años de cadenas. Nunca se habían vuelto a ver desde la primera vez, pero se sentían, se acariciaban con el pensamiento, le crecían alas a ella y bajaba hasta él.
No esperó más. Siguió. Pasos vacilantes, lentos, de duda. Al llegar a la esquina se volvió. Luego se perdió entre la gente que reía y lloraba.
Georgina alzó las cortinas con cautela. Nunca se había ido así. Un miedo súbito la envolvió. Corrió a la puerta, la abrió. Bajó rápidamente dos, tres, cuatro escalones cuando oyó la voz gangosa de siempre.
—Sube.
Se detuvo. Se atrevió decir,
—Siquiera hoy.
—¡Sube! La voz la hirió. Asintió. El regreso. ¡Qué penoso es volver! La vida debía seguir, seguir sin volver. Volver nunca, siempre ir. Cruzó la sala y entró a la celda. Las cuatro paredes le sonrieron.
Se tiró a la cama boca arriba. Temblaba. No quería confesarse lo que estaba pensando.
La puerta se abrió y en el marco se dibujó un bulto negro.
—Me asombra que quisieras bajar. Ya habías renunciado a él. ¿Qué te pasa? ¿Piensas lo que dirá cuando te vea así? Estás más débil, casi muerta. Ya no te conozco.
—¿Qué importa que no me conozcas si ni siquiera me conozco yo. Hace tiempo que estoy buscándome y no me encuentro. Es más fácil encontrar una aguja en un pajar que encontrarse a sí mismo. A veces al enfrentarme con el espejo me dan ganas de gritar hasta morir. Pero qué hablo de morir si ni siquiera sé si estoy viva.
—Descansa. Estás agitada. Ya te mejorarás.
Nada más. El consuelo era tan cruel como la realidad. Las palabras de siempre, repetidas monótonamente — descansa — estás agitada — ya te mejorarás.
Salió la sombre. Georgina se quedó en la cama medio dormida, sin esperanzas. Lloró, lloró y durmió.
Un nuevo día. Sol. Quimeras. Vivimos el hoy en la angustiosa espera del mañana. Siempre pensamos para después y el presente se convierte en pasado.
Georgina esperando nada. No volvería a pasar. Lo presentía, lo sabía. El día se escurrió sin que lo vieran. El sol se fue y vino la oscuridad al cuarto y a ella.
Fue rápida al espejo. Se dividió el pelo con la peinilla. Se quitó la bata. El cuerpo escuálido, desigual, tísico, fue cubierto con un traje de cuatro años atrás.
Abrió la puerta y comenzó a bajar.
—Sube. Siguió.
—Sube.
Se detuvo, dudó… ¡siguió!
¡¡¡Subeeee!!! Llegó a la calle. El aire se burlaba de ella. Intentaba caminar pero no podía. El polvo, las casas, los árboles, los hombres, las hojas, todo daba vueltas a su alrededor como tiovivo de feria. Se cegó. Empezó a retroceder angustiada. El peso de los cuatro años de quietud le hizo temer.
Y regresó. ¡Cobarde!
Subió rápidamente la escalera y llegó al cuarto. Se dirigió a la ventana que era ahora ancha y llena de recuerdos. La respiración le faltaba. Sentía una sensación horrible de cansancio. La fatiga. Se recostó del marco de la ventana. Se agarró débilmente de las cortinas.
Poco a poco se fue quedando quieta… Algo se le escapaba lento. Un suspiro echó fuera lo que tenía dentro. Y se quedó vacía… sólo cuerpo… sin alma, muerta.
El reloj dio un paseo de una vuelta. La voz de siempre.
—Georgina. Las paredes callaron. El luto.
—Georgina, ¿no me oyes?
Se abrió a puerta y apareció la sombra. En la ventana el cuerpo esperaba.
—Georgina, ¿no me oyes?
Se acercó. La miró. Comprendió. Un sollozo le vino cortante. Tenía corazón.
Se volvió hasta la puerta de la celda.
—No entre usted. Ya se fue. Ha llegado tarde.
—¿Demasiado después?
—¡No! Un poco tarde. Unos minutos tarde. ¡El tiempo! El hombre salió de la cueva. El bulto negro comenzó a recoger la cama. En la ventana, Georgina, el cuerpo, la estatua. La espera… la eterna espera.